Y enfrente con las puertas bien abiertas se muestra el desfile de tus sonrisas ridículas, aquellas que solían brotar en medio de la nada cuando el rompecabezas de ideas y sonidos a tu alrededor se quebraba en espirales de humo, la mueca heridas de cuando te han ganado una batalla que no podías perder, y sin embargo, perdiste, también marchan las que fueron cómplices de la violencia y la fugacidad, de tus faldas al viento bajo la vereda, como la Cecilia Onettiana. Las falsas; que destilan lástima y un relamido sabor a costra seca, de todas ellas no me ha quedado más que la imagen impresa en fotografías desfiguradas, acaso alguna se filtre me traiga de vuelta la primera que te supe, la que me propiciaste antes de saber quien iba a ser yo, aquella que se te desprendía de los labios como fruta madura, que olía a almibar, a boton de flor.
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